miércoles, 17 de julio de 2013

LA MUERTE DE ANTENOR DA SILVA CASTRO




Antenor Da Silva Castro es el propietario  de un taller de reparaciones y pintura de automóviles.
Erguido con las manos tomadas detrás de su cuerpo, recorre observando detenidamente y sin discreción la tarea de cada uno de sus colaboradores.
De avanzada calvicie para sus treinta y cinco años, lleva con asombrosa agilidad sus noventa y tres quilos, muchos, tomando en cuenta el casi metro sesenta de estatura.
Un personaje especialista en cortesía, pero sin perder la oportunidad de hacer notar que él es el patrón y todo está bajo su estricto control.
Adriana Martínez, es la esposa del Dr. Alfredo Chambón Vázquez, acaudalado abogado y coleccionista apasionado de autos europeos de gran porte, usa una coupé BMW color plata.
Antenor ha sido desde hace años el “embellecedor” de sus coches. Chambón también guarda en el taller algunas de sus reliquias.
La impecable prolijidad de las instalaciones refleja la clase de vehículos que allí se atienden. Haciendo juego, el patrón luce uniforme blanco perfectamente planchado con camisa de cuello almidonado abierta hasta la mitad. Su  regordeta cara bien afeitada y siempre exageradamente perfumada.

El miércoles cerca del mediodía y por tercera vez en poco tiempo, la Sra. Adriana trae el BMW para que le repare otro abollón, siempre con el compromiso de que su esposo no se entere. Fue en el jardín de su casa según dijo, profundo, feo, difícil se reparar. Se  mostró esta vez muy preocupada.
El Dr. Chambón Vázquez viajó a Buenos Aires y vuelve a última hora de la tarde. Antenor  se comprometió con la Sra. que a las seis y media a más tardar su auto estaría pronto.
El tiempo no alcanzaba. “El maldito reloj tomó aceite de liebre” decía el hombrecillo hablando siempre en voz baja generalmente acercándose a quien se dirige como implicándole a la conversación cierta complicidad.
Alentaba con severidad a sus obreros mostrándoles el ostentoso reloj dorado de esfera negra en su muñeca izquierda, mientras sacudía la otra mano haciendo deslizar por el antebrazo una gruesa pulsera de oro y una plaqueta de plata con las iniciales de su nombre grabadas.
A las dos de la tarde suena el teléfono en la oficina. Atiende Mariela, la secretaria e inmediatamente le pasa la llamada al jefe quien contesta en su móvil. Un  gesto de preocupación le invade el rostro. -¿Ahora? -Dijo en voz alta sin poder disimular que la noticia lo había perturbado.
Desde donde se encontraba al momento de recibir la llamada hasta la oficina, habrán unos veiticinco metros. Gesticulando  aceleró sus pasos sin percatarse que en la rapidez iba desalineando su vestimenta. Con el brazo izquierdo sostenía en teléfono mientras intentaba con la otra mano sujetar el pantalón que al no tener cintura se le iba cayendo. Debido un antiguo accidente laboral el hombre perdió toda motricidad en su mano derecha.
Los ojos redondos oscuros cada vez más grandes se refugiaban bajo las abundantes y renegridas cejas. La piel cobriza de su desnuda y  exagerada cabeza aumentaba el brillo.
Entró raudamente y se encerró en la vidriada oficina.

Mariela trabajaba en el taller desde hacía seis años, era la primera en entrar, cuando Antenor llegaba su café con medias lunas ya estaba pronto. Impresionada  por ver a su patrón tan preocupado que giraba sin parar alrededor del escritorio, no atinó a nada manteniendo su mirada fija en el picaporte que con el portazo había quedado colgando.
De la amplia frente del patrón brotaban lágrimas de sudor que se deslizaban en frenética carrera hasta caer dejando su marca en el almidonado cuello blanco.

Mariela recibe en su celular la llamada de su novio a quien le comenta con todo detalle lo que ocurrió desde que la Sra. Adriana entró con su coche abollado. Para su asombro minutos después él se presenta alarmado con la situación.

-¿Qué pasa Darío, no es tan grave para que te desesperes de esa forma? ¿Por qué tanta preocupación?

-Mariela sabes que Antenor es mi amigo y es lógico  que me desvele por él. ¿Y si le da algo?

Darío Inochentti además de amigo es su contador y también trabaja en el estudio del Dr. Chambón donde está toda la contabilidad del taller.

Wilson Molinari, casado recientemente es la mano derecha de Antenor, quien se ocupaba de la reparación del BMW, en el momento más delicado de la tarea.
Su esposa había sido internada con una importante hemorragia. Acababa  de perder un embarazo de poco más de dos meses. Sumida en una crisis de nervios, la joven clamaba por su esposo.
La suegra de Wilson era quien estaba al teléfono exigiéndole a Antenor que le ordenara a su yerno se presentara junto a su mujer inmediatamente, porque ésta estaba en crisis y lo necesitaba.
Antenor comprendía la situación pero lo indignaba que la suegra de uno de sus colaboradores se entrometiera en su trabajo y en la relación laboral con su gente. No aceptaba que ninguna mujer y menos ajena a él le diera esas órdenes. A su propia esposa le tenía prohibido intervenir en los asuntos del taller. Ella iba fuera del horario de trabajo a mantener las plantas interiores y el pequeño jardín de la entrada.
No podía dejar de comunicarle a su funcionario de lo que ocurría con su mujer, pero por otro lado pesaba la tarea en la que Wilson estaba ocupado.
Cumplir con la Sra. del abogado era primordial, nunca  les había fallado y debía hacerle entender a Wilson que no era sólo la reputación de la casa estaba en juego, sino también su trabajo se vería afectado porque Chambón y sus familiares eran los principales clientes.
Abruptamente terminó la conversación. La transpiración aumentaba en el enmarañado bello negro del pecho. Apretando con su mano hábil, la izquierda, y mirando al techo besaba un desproporcionado crucifijo que colgaba de una exuberante cadena de oro.
Viéndolo en ese estado Darío decide entrar para ponerse a las órdenes de su amigo.

-¡No! ¡No! Por favor Darío más problemas no, por hoy ya tengo, gracias.

-Tranquilo amigo, tranquilo, solo quiero ayudarte, toma, bebe agua y siéntate. Desahógate que yo te escucho-.

Mariela ansiosa por saber lo que pasaba también estaba en la oficina. Darío le pidió que los dejara solos, es más, le dijo que saliera a la calle para tomar un poco de aire con el pretexto de dejar que Antenor no se inhibiera si quería gritar.

-Yo creo que es mejor que no le digas nada a Wilson, déjalo que termine su trabajo. Conozco al Dr. Alfredo y la cagada va a ser grande si se entera, se pudre todo.
Te voy a contar una confidencia sólo a ti por ser mi amigo,  un puterío que te va a gustar y entonces vas a entender porque me interesa tanto el asunto. Es un secreto que de saberse nos puede acarrear consecuencias fatales, a todos.
El abollón de la Bemba se lo hice yo hoy de mañana saliendo de un Motel.

-¡Hijo de puta! ¿Con Adriana?

El comentario le cambió el semblante y el humor a Antenor.

-Te digo mas, poco después que yo llegó al Estudio el gerente del Motel pidiendo hablar con el Dr. Chambón, porque sabía de quien era el auto que le rompió un portón. Parece que el viejo también iba.

-¡Que viejo pillo! No, quédate tranquilo que si o si el auto queda pronto.

Todo se complicó, la suegra de Wilson y un hermano de su mujer llegaron al taller.
Les permitió que se lo dijeran pero Wilson tenía un trabajo importante y su compromiso era terminarlo así que no se podía retirar hasta acabar. Que mañana no había problema y se tomara el día.
Wilson se subió a su moto y se fue si despedirse, solo gritó –Eres una mierda enano, ¡Ojalá te mueras!

18.25, llega en un taxi la señora Adriana, el BMW no estaba pronto.

-Me dio su palabra Antenor, ¿Y ahora? ¡Debería matarlo!

El Dr. Chambón no hizo ningún problema al contrario, se divirtió con los argumentos que inventó su mujer para excusarse, según comentaba jocosamente cuando vino a buscar el auto pasado el mediodía del viernes, dando a entender que era más preocupante lo del muchacho y su esposa.
Antenor intentó ubicar a Wilson para disculparse. No consiguió comunicarse.  Tampoco había venido Mariela en esos dos días.
 A media tarde Darío llama por teléfono.

-Se armó cagada hermano y la culpa es tuya. Eres un maldito traidor, estabas abusando de tu secretaria, mi novia. Te encamabas con ella desde un principio, buen amigo de mierda sos.  Te voy a matar como a una rata. Inmundicia, ¡me las vas a pagar!

El Dr. Chambón volvió a la hora de cerrar. No entró. Estacionó su auto en la vereda de enfrente y no bajó hasta cerciorarse que Antenor estuviera solo. Entonces entró al taller y sin decir palabra con una señal lo hizo ir a la oficina. El asunto era importante. La actitud del Dr. era todo lo contrario a la de hacía unas horas. Lo que más llamó la atención de Antenor fue que la señora Adriana se quedara en el auto.

-Siéntese Antenor para no caerse. No es nada bueno lo que le voy a decir. Usted está en la ruina amigo, tiene todo embargado y hay orden de clausura por mora al Estado. Pero si le sirve de consuelo el Estudio perdió en principio más de medio millón de dólares. Me lo acaba de anunciar el auditor que desde hace un mes estudia el asunto.
Nuestro amigo el contador se esfumó y nos dejó su suerte.

Antenor no fue a su casa esa noche. No contestó el teléfono del taller ni su celular. Nadie lo vio. Consultaron con empleados y amigos y nada. Estaba desaparecido. Wilson Molinari era el único que sabía como entrar al taller si la puerta principal estaba cerrada por dentro pero se negó a hacerlo. La señora de Antenor dijo haber perdido su llave y no pudieron ubicar a la secretaria tampoco.
Finalmente la policía encontró al hombre muerto en el sillón de su oficina.
El parte policial decía: “Antenor Da Silva Castro masculino 35 años. Falleció de un tiro de revólver con orificio de entrada en el parietal derecho. El arma en su mano derecha sobre el escritorio y en su mano izquierda el teléfono celular con un mensaje de un número desconocido. “MARIELA BRITOS TIENE SIDA”

La viuda, la Sra. Alicia, el contador, Mariela y Wilson presentaron excelentes coartadas aunque se acusaron mutuamente.

Suicidio sentenció la jueza y así se cerró el expediente  sobre la muerte de Antenor Da Silva Castro






                                                                                                          Jorge Nocetti Ruiz

lunes, 8 de julio de 2013

LA OPORTUNIDAD



LA OPORTUNIDAD

-Buen  día  Gustavo,  ¿Cómo  estás?  Quería  verte  para…

-Roberto,  querido,  volviste,  tengo  que  contarte  la  última.  El  sábado  por  la mañana  fuimos  a  la  playa  con  Isabel,  dos  días  y  dos  noches  a   puro  sexo.  ¿La  recordás  verdad?  Tenés  que  verla,  está  entusiasmadísima  y  yo  ni  te  cuento.
¿Qué  pasa?,  te  quedás  ahí,  mirándome  sin  decir  nada.  ¿Acaso  no  crés  que es  lo  mejor  que  me  pueda  haber  pasado?

Nada… no… nada… es  que  me  sorprendiste,  no  sé,  ¡Felicidades!  Supongo que  es  lo  que  debo  decir,  me  alegro.  Enhorabuena,   ¡Felicitaciones!.

-Gracias amigo, supe que te alegrarías con lo nuestro, ¿Te gustó verdad?
No creas que fue una decisión fácil. Te cuento que hasta hicimos planes…

-¡Pará!  ¡Pará!  Por  favor  Gustavo,  no  sigas.  No  me  siento  bien,  he  dormido  poco  en  los  últimos  días.  Disculpa  pero  no  te  estoy  prestando  la atención  que  merecés,   por  favor,  discúlpame-.

Roberto  regresaba  después  de  andar  solo  durante  una  semana.  Su  amante lo  enloqueció  al  punto  de  hacerle  pensar  en  dejar  a  su  esposa.  El  amigo  a  quien pensaba  contarle  “estaba  en  otra”.
Caminó  sin  rumbo  mientras  crecían  las  sombras  en  la  ciudad.  Se  subió  a un  trole-bus  y  fue  a  parar  a  la  Aduana.  Horas  después  cerca  del  Puerto  entró  a un  bar,   donde  los  marineros  se  abastecían  de  amor.  Las  mujeres  hacían  su negocio  con  los  hombres  hambrientos  de  sexo.
No  había  probado  el  alcohol  en  casi  treinta  años.  Era  el  momento  de saber  si  en  verdad  el  whisky  ahogaba  las  penas.
Tomó  uno,  dos,  tres…

-¡Qué  miran!-  Roberto  le  estaba  hablando  en  voz  alta  a  los  vasos  que tenía  enfrente.  -¡Cobarde,  traidor!  Mentiroso.  Al  mejor  amigo…-.

-¿Me  permite  que  lo  acompañe  mozo?-

Compadeciéndose  del  joven  que  sin  control  se  emborrachaba,  el  grandulón se  acercó  y  puso  en  la  mesa  dos  vasos  con  whisky,  uno  frente  al  otro  mientras masticaba  un  pucho  apagado  de  tabaco  Puritano  y  lo  paseaba  con  su  lengua  por la  boca;  entonces  volvió  a  preguntarle.

-¿Lo  puedo  escoltar  compañero?  Veo  que  su  bote  soltó  amarras-  Dijo  el  moreno  con  pelo  de  escarcha  y  barba  blanca,  menos  bigote  y  barbilla  teñidos  de tabaco.
Curtido  en  miles  de  tempestades  alcohólicas,  el  corazón  del  negro  se  torna  patrón  y  consejero.

-No  creas  que  es  cagón  el  que  esconde  una  verdad  muchacho.  Parece fácil,  pero  hay  que  tener  los  huevos  bien  puestos  para  mentir  y  muy  valiente para  joder  a  un  amigo  de  verdad.  Mejor  guarda  contigo  la  traición  y  déjalo  que sea  feliz-.

El  mozo  de  la  taberna  “Las  Delicias”  no  pudo  advertirle  al  nuevo parroquiano  del  acecho  del  viejo  tiburón.  –El  moreno  halló  carne  fresca  y  fácil-, le  comentó  al  cantinero.

Apoyándose  en  la  mesa,  ayudó  a  sus  puntales  derruidos  por  los  años  a levantar  de  la  silla  el  viejo  casco  de  lapacho,  de  mas  de  cien  quilos.  El  vaso  no llevaba  hielo  y  lo  bebió  de  una  sola  empinada.

-Eres  muy  joven  botija,  anda  bebe  que  te  voy  a  acompañar  a  casa,  antes que  el  alcohol  te  lleve.  Ése  no  es  buen  amigo,  no  va  donde  tú  quieres,  sólo acompaña  y  no  le  importa  donde  te  deja  tirado-.

-¿Acaso  usted  es  mayor  que  yo?-

-Ja,  ja,  Si,  cargo  con  muchos  años  para  un  solo  negro,  también  incontables  litros  curativos  más  que  ese  par  de  copitas  tuyas-.

El  viejo  marino  acompañó  a  su  amigo  adoptivo  hasta  sentarse  en  el  muro que  da  al  mar  donde  las  olas  golpean  dejando  la  broza.  De  a  poco  emergían  de la  penumbra   las  siluetas  de  los  barcos  en  la  bahía.  El  aire  los  atropelló  con  un nauseabundo  olor  a   pescado  y  combustible  rancio.  El  desorientado  vomitó  y largó  el  llanto.
El  moreno  le  acariciaba  la  espalda.  Los  jóvenes  ebrios  desahuciados  de  la vida  eran  su  debilidad.  Siempre  lo  excitaron.
    
-Lanza  muchacho,  los  valientes  lloran  cuando  pierden  y  eso  les  da  coraje. Anda,  despacha  ese  entripado-.
                     
-¿Hasta  cuándo  guarda  sus  lágrimas  un  valiente  mentiroso?.
Me  enganché  con  una  mina  hace  tres  años,  me  cagó  con  su  profesor  de literatura  y  se  fue.  Me  casé  para  olvidarla.  Trabajaba  en  la  misma  Editorial   que yo.
Hace  un  mes  volvió.  Luego  de  abandonarme  se  hizo  un  aborto  porque  no quería   arruinar  su  vida  con  un  hijo  y  además  no  sabía  a  quién  cargarle  el  fardo.  Me  dijo  también  que  no  se  envolvería  con  nadie  hasta  que  hallara  un  gil que  la  bancara.
Hasta  hace  diez  días  nos  revolcamos  hasta  quedar  sin  aliento,  es completita  en  la  cama  la  muy  putita.  Se  me  había  vuelto  a  volar  la  pajarera  y me  alejé  para  pensar.
Me  fui  de  viaje  por  una  semana  y  cuando  volví  decidido  a  quedarme  con ella,  mi  mejor  amigo  me  da  la  buena  nueva,  se  enamoró  de  la  mismísima  puta  y  se  quiere  casar.  ¡Está  feliz  el  desgraciado!-

-Ven  conmigo  muchacho-.   Abrazando  al  mareado  y  ayudándolo  a  caminar,  lo  convenció  de  que  no  estaba  en  condiciones  de  ir  a  ninguna  parte, salvo  a  su  pieza  donde  lo  acostaría  para  que  se  recuperara.
El  sol  del  medio  día  despertó  a  Roberto  en  una  cama  extraña,  sin  memoria,  con el  alma  y  el  cuerpo  adoloridos

Jorge Nocetti Ruiz



miércoles, 26 de junio de 2013

SUERTE DE TECLAS



bajo mis yemas late un universo de letras
el pensamiento las incita
despierta ideas
crea imágenes
colores
con aroma en blanco y negro

la palabra sin decir       es el himen intacto del poema

el poeta lucha enfrentando su quimera
el signo clama su verdad
el espacio muerde el  silencio
los números narran
pulsan haciéndose huella
estallan y mueren        
                
                        lo escrito perdura…



                                                                            Jorge Nocetti Ruiz

lunes, 10 de junio de 2013

"EL CANICHE"




EL  CANICHE


Las  fantasías  del  diminuto  personaje  eran  patrimonio  del  bar  de  Manolo.
Escurridizo  y  barullento,  Ramón  vivía  de  ayudas  a  los  ancianos  y  pequeños comerciantes  además  de  repartir  el  diario  de  la  noche.  En  sus  recorridas  juntaba  comentarios  creando  cuentos  que  divertían  a  los  parroquianos  del  boliche.  Graciosas  como  él  y  repetidas  tantas  veces  se  convertían  en  reales  para  el  vecindario.  “El  Caniche”  así  conocido  por  su  enrulada  canosa  y  desprolija  cabellera,  deambulaba  por  el  pueblo rastreando  ingredientes  para  inventar  historias.
Cierta  vez  le  tocó  ser  protagonista  a  la  mujer  del  Jefe  de  Policía  (un  militar  de  carrera).   El  chisme  tenía  que  ver  con  el  lunar  que  supuestamente  solo  su  marido  o  el médico  podrían  ver.   Según  el  cuentero,  la  peca  rugosa  provocaba  una  comezón  desesperante.
Al  parecer  la  señora  habría  comentado  su  incomodidad  en  la  peluquería  de  damas,  y  no  faltó  una  vecina  que  sin  saber  la  ubicación  comprometedora  de  la  mancha le  recomendara  una  solución  doméstica,  la  propiedad  curativa  de  la  saliva  del  perro.

-Deberías  ponerte  a  la  orden  Ramón-  dijo  uno.  –Nadie  con  más  capacidad  y coraje-  propuso  otro.   “El  Caniche  de  Manolo”  es  el  candidato  para  solucionar  la  picazón  a  la  primera  dama  de  la  autoridad,  comentaban  en  el  boliche.

La  fábula  se  prodigó  de  manera  que  al  llegar  a  oídos  del  jefe  ya  era  un  hecho consumado,  quien  furioso  mandó  capturar  vivo  o  muerto  al  perro  traidor.
Así  fue  que  el  bar  se  convirtió  en  un  escándalo  cuando  la  razia  policial  invadió  con  la  intención  de capturar  a  Ramoncito.   El  gracioso  cuentista  estaba  además  sindicado  como  mensajero  secreto  de  sediciosos  fugitivos.   Según  los  uniformados,  tras  el  personaje  del  chistoso  repartidor  a  domicilio  del  “El  Diario”  y  otras  revistas,  había  escondido  un  peligroso  subversivo.

-Permiso  mi  coronel,  capturaron  al  perro-
-¿Vivo?-
-Sí  señor-
-¡Tráiganlo!-
-Sí  señor-
-¿Qué  es  esto?-
-Este es Ramón  el  “Caniche”,  señor.-
-Pensé  que  era  un  maldito  perro,  pero  veo  que  es  la  rata  inmunda  de  las  cloacas-

Después  del  atropello  armado  de  aquella  tarde,  no  se  volvieron  a  escuchar  risas  en  el  bar  de  Manolo,  ya  no  hubo  chistes,  nadie  que  los  contara…









Jorge Nocetti Ruiz

jueves, 30 de mayo de 2013

EL HIJO DE LA TRINIDAD


EL  HIJO  DE  LA  TRINIDAD

Preocupadas,  las  gallinas  comentaban  la  ausencia  de  la  solterona  del  grupo.  En  las  ramas  de  los  espinillos  donde  dormían  y  por  todas  partes,  las  que  antes   protestaban  por  el  bullicio  de  la  descocada,  ahora  las  perturbaba  el  silencio  casi sepulcral  que  reinaba  en  el  gallinero.  Hasta  los  gallos  extrañaban  aquel  alboroto.
Decían  que  estaba  enferma  o  que  andaba  de  amores  por  ahí.  Que  se  trataba de  la   menopausia  comentaban,  hasta  que  Clotilde,  la  gallina  más  vieja,  se  llevó  la   punta  del  ala  a  la  sien  y  dijo:  -¡Cómo  no  se  me  había  ocurrido  antes!   Si  está  más claro  que  el  agua,  la  muy  descarada  está  clueca  y  se  hacía  la  santa,  ahí  la  tienen. Así  está  nuestra  reputación-.

- Nunca  le  conocimos  marido-   Criticaban  las  otras  en  coro.

Transcurridos  los  veintiún  días,  todas  esperaban  verla  salir  a  pasear  con   sus pollitos,  pero  nada.  Pasaron  siete  días  más  y  no  aparecía.
Nadie  del  corral  sabía  que  la  gallina  soltera,  en  sus  escapadas  a  coquetear por  el  algarrobal,  había  encontrado  un  huevo  extraño  y  decidió  incubarlo. 
Ya  empezaba  a  creer  que  estaba  empollando  un  huevo  vacío,  cuando  sintió resquebrajarse  el  oscuro  cascarón.  Un  inmenso  cariño  inundó  su  corazón  viendo asomar  el  pico  del  ave.

-Se  llama  Humberto-  dijo  la  madre  orgullosa.

-¡Es  un  monstruo!-  Sentenciaron  las  demás  gallinas.   –Un  fenómeno  raro,  qué feo,  ave  de  mal  agüero,  signo  del  final  de  los  tiempos-  Comentaban  los  patos  y  los pavos  asombrados.  Sin  embargo,  ella  caminaba  muy  oronda  por  la  orilla  del  lago con  su  hijo,  el  más  hermoso  del  mundo.  Le  enseñaba  a  escarbar  la  tierra  húmeda para  escoger  las  lombrices  más  sabrosas,  sin  hacer  caso  a  las  miradas  envidiosas  de sus  compañeras.
Humberto  se  dio  cuenta  que  era  diferente  a  los  demás.  Cuando  intentaba  jugar  con  otros  pollos,  éstos  disparaban.
Una  tarde  soleada  se  acercó  a   tomar  agua  del  lago  y  al  ver  aquel  bicho  que lo  miraba,  se  asustó  tanto  que  soltó  un  alarido  espantando  a  todo  el  corral.  La imagen  del  espejo  no  se  parecía  a  nada  de  lo  que  él  conocía.  Era   monstruoso  aquel  ser.  Tenía  enormes  ojos  amarillos  debajo  de  grandes  cejas  blancas  que  le llegaban  hasta   los  oídos  y  encima  de  la  cabeza,   ostentaba  una  emplumada  cresta negra.  Ningún   pollo  era  así.  Y  para  colmo,  el  intruso  había  lanzado  un  grito  que  le  dejó  el  corazón  en  un  hilo.

-¿Y  a  éste  que  le  pasa?  Molesta  la  paz  del  vecindario  y  todavía  tiene  el descaro  de  hacerse  el  asustado.  Ya  decía  yo  que  la  santita  de  la  solterona  no  andaba  en  buenos  pasos,  ¡Debemos  desterrar  al  engendro  del  gallinero!-  Decretó  el gallo  jefe.

La  madre  enfrentó  con  valentía  al  Consejo  del  corral  y  no  permitió  que expulsaran  a  su  primogénito.

-¡Es  un  indeseable  carancho!  No  pertenece  a  nuestra  familia-  dijeron  los concejales.  – ¡No  lo  podemos  aceptar!-   A  lo  que  ella  replicaba:  -Cualquiera  pone  un  huevo,  “Madre”  es  la  que  cría.  Yo  lo  incubé  y  por  eso  él  está  vivo.  No  pueden prohibirle  estar  aquí  sólo  porque  sea  diferente.  A  quien  deberían  censurar  es  a  la  hembra  cobarde  que  abandonó  aquel  huevo.  Quizás  alguna  adúltera  o  una  que  no  quiso  manchar  su  reputación  de  buenita,  como  si  ser  madre  fuera  algún  delito-.

Consoló  al  pobre  Humberto  que  seguía  temblando,  sin  poder  cobijar  el cuerpazo  del  infeliz  bajo  sus  alas.  Pero  Humberto  inconsolable,  seguía  enfermando de  pena.

-¿Quién  soy?  ¿De  dónde  vengo? -.  Preguntaba.  –Mi  familia  grande  no  me quiere  aquí.  Yo  no  pertenezco  a  este  mundo  madre-.

Débil,  aquel  polluelo  estaba  dispuesto  a  dejarse  morir.
Al  caer  la  tarde,  por  el  rojizo  cielo  pasaba  una  cuarteta  de  alegres  caranchos, que  al  escuchar  el  quejido  lastimero  de  Humberto,  sobrevolaron  el  corral  y  se posaron  en  las  ramas  altas  de  un  espinillo,  examinándolo  desde  lejos.

-¿Qué  hace  este  carancho  aquí?-   Dijo  uno  de  ellos.   -No,  no  es  un  carancho; por  fuera  parece,  pero  no  lo  es.  ¿No  ven  que  se  aferra  a  una  simple  gallina?  Se nota  que  solamente  sabe  caminar  y  como  máximo  podrá  correr.  Yo  creo  que  nunca ha  volado.  Vámonos,  estamos  perdiendo  nuestro  tiempo  y  el  sol  se  acaba -.

Desesperada,  la  madre  fue  a  visitar  al  conejo  curandero  para  pedirle  consejo.

-Curarlo  es  preciso,  el  tiempo  es  conciso,  mal  del  alma  no  lo  calma  ni  jarabe  ni  cataplasma.  Hay  un  lugar  en  el  Oriente,  donde  un  sabio  zorro  ayudarle acaso  pueda,   pero,  ¡Oh,  terrenal  gallina!   El  anciano  tiene  un  templo  de  sanación, donde  no  te  está  permitido  pisar.  Allí  tu  especie  es  el  sacrificio,  sois  ofrenda  y  alimento.  Deberéis  confiar  en  lo  que  te  dicte  tu  corazón,  noble  mujer-  Dijo  susurrando  el viejo  conejo,  mientras  empezaba  a  meter  los  dientes  en  otra  zanahoria  que  como pago  le  llevó  la  gallina.

Hizo  de  tripas  corazón  y  cargó  al  moribundo.  Subiendo  la  montaña  del oriente,  lo  llevó  hasta  las  puertas  de  un  amurallado  templo  con  enormes  columnas doradas.  Resonaron  las  palabras  del  sabio  zorro,  al  que  nunca  llegó  a  ver:  -“Llamad  y  se  os  abrirá,  pedid  y  se  os  dará”. 
Golpeó  ruidosamente  la  gran  puerta  y  se  dio  vuelta  sin  esperar  a  que  se  abriera.  Dejó  en  el  umbral  el  cuerpo  casi  consumido  del  carancho.  Le  dio  la  espalda  y  regresó.

Humberto  soñaba   que  un  anciano  barbado  lo  cargaba,  dejándolo  en  un aposento  oscuro.  Parecía  por  el  nauseabundo  olor  estar  en  el  fondo  de  la  tierra, como  si  fuera  la  antesala  de  la  muerte.  Sin  otro  dolor  que  el  de  su  alma,  en  la oscuridad  podía  ver  los  pensamientos  del  sabio en  forma  de  sentencias,  grabadas  con  tinta  luminosa  sobre  las  negras  paredes:  “Conócete  y  superarás  tus  miedos”  “El límite  es  físico,  la  limitación  es  mental”.
Y  entonces  dudó,  ¿Medio  muerto  o  medio  vivo?.   Se  sentía  tan  débil  que tampoco  podría  regresar.  Comprendió  que  ya  estaba  muerto,  pero  a  la  vez  seguía oyendo  la  voz  de  aquellas  leyendas.
Reconoció  la  voz  del  anciano  que  lo  había  cargado  hasta  allí.  Era  un  viejo zorro  y  le  dijo:  -No  te  asustes  carancho,  no  soy  un  ángel,  apenas  soy  un  zorro  y  no  como  caranchos,  los  zorros  comemos  gallinas.

-Mi   madre  me  abandonó-.

-Esa  gallina  valiente  arriesgó  su  vida  para  que  tuvieras  una  oportunidad. Ahora   mirad  al  espejo  y  veréis  un  carancho,  es  lo  que  eres.  Deberéis  aprender  a vivir  y  comportarte  como  tal.  Y  si  tus  hermanos  no  te  reconocen,  tendréis  que  demostraros  que  eres  uno  de  ellos.  Sois  carancho  y  aunque  creáis  ser  hijo  de  la gallina,  en  alma  mente  y  plumas,  eres  carancho.  Ve  y  únete  a  los  de  tu  clase,  vuela,  ellos  son  tu  raza-.

Sin  necesidad  de  practicar,  confió  en  sus  instintos  y  suavemente  se  deslizó  hacia  la  altura  de  los  cielos.

La  madre  en  tanto,  luego  de  descender  al  valle,  llegó  al  corral  de  las gallinas,  como  gallina,  sin  orgullo  ni  dignidad.

-Volvió  la  muy  lista,  tan  vacía  como  siempre-  Comentaban   burlándose  las otras  gallinas  en  las  ramas  del  espinillo.  –Por  suerte  Clotilde  que  la  desdichada  decidió  abandonar  al  maldito  carroñero.  Cruz  diablo  ese  animal  hambriento  de  achuras  frescas,  con tanta  gallina  vieja  por  aquí-.

En  las  tardecitas  se  podía  oír  el  barullo  de  los  caranchos  en  las   alturas  del monte.  Antes  de  prepararse  para  dormir,  la  solterona  se  daba  una  vuelta  por  la  orilla  del  lago.  Aquel  bullicio  alimentaba  la  esperanza  de  que  su  hijo  estuviera vivo.
Al  amanecer  de  un  día  de  la  siguiente  primavera,  el  ruidoso  aleteo  de  los caranchos  aterrizando  alborotó  al  corral.  Era  Humberto,  con  su  hembra  y  dos polluelos.

-Vine  a  que  conocieras  mi  nueva  familia,  a  tu  nuera  y  tus  nietos.  Para hacerte  saber  mi  reconocimiento,  a  la  gallina  mejor  madre  del  mundo-.

El  orgullo  no  cabía  en  el  corazón  de  gallina.  Dándoles  un  beso  los  despidió.
Y  al  perderse  de  vista  las  cuatro  aves  tras  los  árboles,  caminó  con  pasos largos  y  pecho  erguido  hacia  los  cientos  de  ojos  que  la  observaban  desde  los espinillos.  Retumbaban  en  la  arena  las  pisadas  de  la  gallina.  Hasta  las  hormigas  se  detuvieron  a  escuchar.  Estiró  a  más  no  poder  su  cogote,  aleteó  tres  veces,  sacudió  el  plumaje  y  les  dijo:

-El  beso  más  difícil  fue  el  último-   y  la  Trinidad  murió. 





Jorge Nocetti Ruiz

martes, 21 de mayo de 2013

SUEÑO DE SAPO

Este pequeño cuento fue publicado en el libro "Jazmines en invierno", el que tuve el honor de compartir con otros colegas y compañeros del taller de literatura coordinado por Carmen Galusso y Javier Etchemendi.






SUEÑO   DE   SAPO




-Me  despertó  el  ruidaje  del  granizo  golpeando  en  las  chapas  flojas  del  techo.   Corrí  a  cerrar  la  ventana.   La  luz  de  un  relámpago  me  cegó.   Esperé  tapándome  los  oídos,  pero  no  hubo  trueno.
Mi  padre  está  monteando  y  el  perro  desaparece  cuando  hay  tormenta.  Mamá  no  ha  vuelto.   Fue a  buscar  trabajo  con  el  más  chico,  hace  dos  años.
La  cañada  no  dará  paso.  Hoy  ya  no  habrá  escuela, tampoco  almuerzo.-

Dando  saltos  y  croando  alegre  iba  él  hacia  el  patio inundado.   Se  posó  sobre  un  montículo  en  medio  del  charco  mayor.   Parecía  una  piedra,  soñando  tal  vez  con  que  un  rayo  encantado  le  caiga  justo  y  lo  convierta  en  príncipe.

-Salí  a  poner  la  tabla  en  la  puerta  del  fondo  porque  le  faltan  dos  vidrios;  cuando  llueve  entra  agua  y  el  piso  de  tierra  de  la  cocina  se  hace  barro.   Descalzo  y  en calzoncillos  decidí   pararme  en  el  tronco  de  picar  leña,  dejando  que  la  lluvia  me  bañe.  ¿Y  si  agarro  el  sapo  y  esperamos  juntos  el  próximo  rayo?-





Jorge Nocetti Ruiz





jueves, 9 de mayo de 2013

ARRIEROS DE LUNA Y LOBOS




ARRIEROS DE LUNA Y LOBOS


En la hora más oscura de la primavera.


-una nube cubre de sombra al campamento

asoma la luna y nos delata en la última noche

un frío viento apaga el poco fuego

con aroma de cardos y acacias

apenas sospechamos la silueta de la cumbre cercana


Ellos están allí, soñando tal vez

con la luna, con su sed de carne fresca

al fin un aullido, se presentan, elegantes, erguidos
      
quizás le aúllan a la nube que ocultó la luz

¿nos habrán olfateado?

sólo nos cubre la intemperie

el  aguardiente no les gusta y queda poca

los perros en alerta, el rebaño quieto, expectante

sus yugulares tensas, destinadas al sacrificio

¿quién pone mas nubes?

que las criaturas hambrientas sigan rugiendo

mientras aúllan sueñan y la noche sigue

con la aurora se va la luna, ya no están

seguimos viaje aparcero-



Jorge Nocetti Ruiz

lunes, 29 de abril de 2013

MÁS DE MIL




MÁS  DE  MIL


El  criado  de  Don  Pancho  volvía  resuelto  a  encararlo.  Perseguido  por  la  duda, no  había  podido  dormir  durante  los  tres  días  de  viaje  a  caballo  desde  Barranca Negra,  un  pueblo  escondido  en  la  frontera  norte,  guarida-fortín  de  contrabandistas   y  fugitivos.
La  versión  sobre  la  muerte  de  su  madre  fue  siempre  como  una  espina  debajo de  la  uña.  (Gualberto  creía  haber  encontrado  el  rastro  de  la  verdad).
Hasta  hace  poco  se  sabía  hijo  de  una  prostituta  del  pueblo,  quien  lo  dejó  con  el  viejo  por  unos  días  y  nunca  volvió.

-A  ésa  la  desaparecieron  los  matreros  que  denunció,  la  fulana  quiso  andar bien  con  Dios  y  con  el  Diablo  y  acabó  mal-  decía  Magdalena,  compinche  de  aquella  y  actual  matrona  del  rancho.  Ella  se  instaló  allí  cuando  él  tenía  alrededor  de  nueve  o  diez  años,  cuando  empezó  a  ir  a  la  escuela.  Gualberto  la  recuerda  desde  que  ella  visitaba  con  frecuencia  al  patrón  (como  lo  llamaba)  entonces  lo mandaban  con  los  perros  al  monte  en  busca  de  ramas  secas  para  el  fogón  de  la  cocina.
Nunca  recibió  buen  trato  de  la  mujer,  “mestizo bastardo”  le  decía  con  desprecio.  Desde  niño  fue  peón  y  fajinero.
Cuando  Don  Pancho  venía  borracho  peleaban,  él  la  golpeaba  duro,  ella  se  iba  pero  al  tiempo  volvía.  Cuando  eso  hacían  fiestas,  venían  mujeres  y  hombres, bebían  y  se  revolcaban  entreverados  hasta  el  amanecer.  No  siempre  terminaban  bien, tanto  que  por  miedo  a  las  riñas  entre  malevos,  el  muchacho  se  iba  a  dormir  al monte  y  no  volvía  por  varios  días.
De  grande  se  hizo  arriero  y  anduvo  vagabundo,  pasando  miserias  entre matreros  y  delincuentes  de  toda  calaña,  pero  cada  tanto  aparecía  y  se  quedaba  un  tiempito.
Quiso  el  destino  que  allá  en  el  norte,  en  una  pulpería  de  aquel  pueblo  trinchera  se  encontrara  con  un  personaje  de  historia  sucia.  El  Comisario  de  Barranca  Negra  se  molestó  con  tanta  pregunta.  Hacía  veinte  años  que  estaba  refugiado  allí  escondiéndose  de  las  venganzas,  pero  el  hijo  de  nadie  insistía  en  que  sólo  quería  saber  de  su  madre.

-Magdalena  me  contó  que  usted  la  abandonó  y  por  eso  ella  se  fue  a  vivir  con  nosotros  al  rancho.-
-Aquella  Magdalena,  la  bataclana  más  linda  y  la  más  cara  del  burdel.  Me  apasioné  como  un  pavo  estúpido  y  la  vagabunda  me  delató  con  el  jefe  que  le  pagó  más.  Después  de  una  paliza  prendieron  fuego  a  mi  rancho  y  me  mandaron  a  este  basurero.  ¡Y basta!  No  te  digo  más,  asunto  cerrado.-
-Le  voy  a  confesar  algo  que  nadie  sabe.-
-No  quiero  saber  nada  de  ésa  maldita  y  menos  del  viejo  jodedor  que  te  crio.-
-Yo  sólo  quería  saber  la  verdad,  ¡Señor!-
-¡Te  vas  por  donde  viniste!-  Dijo  el  comisario  golpeando  su  revolver  sobre   la  mesa.
-Sabé  que  la  única  loca  preñada  por  esos  tiempos  fue  la  Magdalena.-

Don  Anselmo,  el  vecino  más  cercano  lo  vio  venir,  montó  y  le  salió  al  cruce.

-No  hay  nadie  en  tu  casa  muchacho,  pasaron  muchas  cosas  desde  que  te  fuiste.-
-¿Tampoco  Magdalena?
-No,  la  mujer  fue  la  primera  en  irse,  la  mataron,  nadie  supo  quién.-

Ambos  hombres  se  apearon.  Don  Anselmo  se  quitó  el  sombrero  y  colocándolo  en  su  pecho  le  dijo:  -Ahora  estás  solo;  Don  Pancho  después  que  la enterró  me  dejó  esta  carta  para  ti  y  se  marchó  al  pueblo  con  el  facón  empuñado en  plata  y  oro  atravesado  a  la  cintura.  Fue  muy  feo  lo  que  pasó.  Parece  que  entró  al  prostíbulo  con  sangre  en  el  ojo  y  sin  anunciarse  se  mandó  pal  fondo,  a  la  timba,  una  carnicería  fue  aquello,  terminó  degollado  e l viejo.-

Gualberto  bajó  la  cabeza  sin  responder,  guardó  la  carta  y  caminando  junto  al caballo  siguió  su  camino.
La  carta  decía  que  cavara  debajo  de  su  camastro.
Dentro  de  una  polvorienta  caja  de  madera  carcomida,  había  un  escrito  diciendo  que  Gualberto  Ruiz,  hijo  de  Magdalena  Ruiz,  era  también  hijo  suyo  y  para  él  lo  que  la  caja  tenía,  monedas  de  oro,  más  de  mil.


Jorge Nocetti Ruiz